El miércoles ya era el día que regresábamos a Pekín o Beijing, pero eso no sería a primera hora, si no que el regreso estaba previsto para media tarde, por lo que en el hotel pedimos salir un poquito más tarde, a eso de las 14 sería buena hora y aprovechamos para visitar lo que todavía nos faltaba por ver en la ciudad de Xi’an, aunque parezca mentira, la ciudad todavía tenía muchas cosas que mostrarnos, por ejemplo nos quedaba por visitar la Gran pagoda del cisne, o la pagoda del gran Cisne, como se llame, dado que hasta el momento no habíamos visitado ninguna pagoda, íbamos hasta casi ilusionados con la visita.

Cogimos un taxi a la pagoda, y nuevamente cometimos el gran error de pensar que los taxistas te llevan donde tú quieres, de repente nos tira en una esquina de una plaza y nos señala un edificio en la otra punta de la plaza. Como era primera hora, uno todavía va con ganas y nos ponemos a caminar, al llegar a la pagoda, nos encontramos con un muro, y rodeándolo, descubrimos que el taxista simplemente no había querido acercarnos a la puerta, que estaba completamente por detrás de donde nos había dejado, 15 minutos de paseo. No fue gran problema, ya que así recorrimos la plaza, tratando de ver quien sería el primero en encontrar un Starbucks ese día para desayunar.

Al llegar a la pagoda, como en todo monumento turístico chino, pagamos la correspondiente entrada y accedemos al recinto, allí ese día debimos coincidir con alguien medianamente importante, al que vimos como le iban enseñando el recinto, y un poco nos fijamos para poder saber que sitios había que visitar, cuales no, y ver a los monjes que le guiaban por el recinto. Lo cierto es que como lugar de paz y recogimiento, cuando no estábamos todos los turistas debía de ser bastante impresionante, pero con todos esos turistas recorriendo la zona, intimidad y tranquilidad relativamente poca. Aún así disfrutamos de un bonito y curioso recinto.

Al salir de allí nos dirigimos al siguiente paso a visitar de la ciudad, la puerta Sur de la muralla, no es exactamente que el resto de puertas de la muralla no existieran ni nada parecido, pero si era la más grande, de hecho la noche anterior de vuelta del espectáculo pasamos por la puerta y había cantidad de gente acampando, como a modo de una mega-fiesta nocturna. Con guitarras y cosas por el estilo. Ahí se podía alquilar una bici para dar la vuelta a la muralla, pero tras visitar el museo de la puerta y evaluar los 35º que hacía, decidimos que no era probablemente el momento de hacer ese tipo de machadas, por lo que volvimos a bajar tras caminar unos 100 metros para ir por fin al Starbucks.

Fuimos a comprar una maleta, pues en la mini que llevaba Gorka después de que le perdieran la otra, no le entraban todas las compras del día anterior, el edredón de seda y esas cositas. Así empezamos a practicar un poco de regateo antes de ir de vuelta al hotel para que nos llevaran al aeropuerto. Al llegar al aeropuerto, más o menos a la hora de comer, me dirigí a una cafetería, donde descubrí que había Dumplings, por lo que pedí un platito, junto con el café frío. Me plantaron una gigantesca ración, con unos 25, que por que tenia un libro y casi 2 horas al final casi me terminé por que si no habría sido algo sinceramente brutal.

Tras el vuelo llegamos de vuelta a Pekín, y ese día salimos a cenar tan solo con Antonio, ya que Elena no vendría con nosotros por que tenía una fiesta de cumpleaños en un karaoke chino. Nosotros fuimos a un restaurante hindú que se llamaba Faces, realmente el hindú era tan solo una de las facetas del restaurante, ya que también tenía bar de copas, con mesa de billar y restaurante coreano, por lo que además de muy buena comida, resulto bastante curioso de recorrer. No trasnochamos mucho, ya que al día siguiente nos quedaba uno de los días grandes de visitas en Pekín.

Cita:”Mejor ser un cohete caído que no haber resplandecido nunca.” Oscar Wilde