El viernes como buen viernes es el principio del fin de semana, también es el final de la semana, pero si estas de viaje, claramente tan importa poco que la semana laboral se acabe, aunque si que notas que la gente que trabaja termina. Por ello en nuestro viaje a China, el viernes en Pekín era un día especial, el primer día que pasaríamos con nuestros amigos sin tener ellos que trabajar al día siguiente, y el final de nuestro viaje de turismo por la ciudad, a partir de ese momento, nuestro disfrute sería más de nuestros amigos que de la propia historia y cultura.

Para terminar con el turismo el viernes fuimos al templo del cielo, un parque precioso con un templo, con una arquitectura curiosa, ya que mientras la base es octogonal el techo y las paredes más altas del templo son redondas, lo que le confiere un aspecto curioso. Pero lo más curioso además del templo en sí, era que en el parque en el que se encontraba había cientos de personas realizando distintas actividades, tipo Tai-Chi, danza, jugando con el diábolo o practicando algún otro tipo de experiencia peculiar y extraña, jugando con cuerdas, instrumentos o lo que fuera, todo ello en grupos de 20 o 30 personas, lo que aquí te podría llamar la atención si lo ves un domingo en un parque, pero lo entenderías, allí había muchísima gente un viernes en mitad del parque. El parque tenía muy buena pinta, así que recorrimos un poco, incluso fuimos a visitar el jardín de las mil flores o algo así, sitio donde pude reírme muchísimo, ya que mi amigo se moría de ganas por ver, y no fuimos capaces de encontrar ni una sola flor para su gran decepción.

Tras reírme de él y de los chinos un buen rato, partimos a nuestro segundo destino del día, el barrio conocido como 787 que no es más que una antiguo barrio industrial, con naves ahora reformadas para montar un barrio dedicado al arte, con cantidad de galerías de arte moderno, clásico, pintura, escultura, cafés… la verdad es que un sitio curioso donde ir a pasear y a perder una mañana o un día entero, aunque a nosotros la parte artística no termine de convencernos, y menos tal vez después de 10 días de viaje, así que no pasamos mucho tiempo, tal vez la galería que más tiempo nos acaparó era la que tenía Nike, con su historia, zapatillas, slogans y tal, que nos pareció curiosa y entretenida, el resto, la parte del arte, sabiendo que no tienes ninguna posibilidad de comprar nada…, pues se hacía un poco más distante.

Una vez recorridas varias galerías y teatros fuimos ese día a un restaurante a comer el típico pato pekinés, al menos así se le llama aquí, con lo que debe de ser típico de allí. Elena nos busco un buen restaurante en la prestigiosa That’s Beijing y nos mando a probarlo allá. Para mi resulto reconfortante, ya que comer el pato no es muy fácil con los palillos, y menos después de ver como lo preparaban las camareras de allí, pero al menos a mi no me trajeron un tenedor para ayudarme con la tarea, como a mi acompañante ni acabe echando mano de los dedos como los chinos que veíamos en la mesa de al lado, aunque por otro lado fue una pequeña decepción, ya que el plato estaba exactamente igual que las 2 o 3 veces que lo he tomado en España, mientras que el resto de comidas eran claramente mucho mejores los platos allí que aquí. Pero bueno, otra experiencia, esa y la de tratar de pedir un postre, en China no tienen esa costumbre, ni el típico flan que aquí vemos en muchos chinos.

Más tarde quedamos con Elena para ir con su sabia compañía al mercado de la seda. Eso es otra experiencia, para empezar en muchos de los puestos, había ido tantas veces que no tenia ni que regatear, incluso en uno para saber que era lo que le estaba pidiendo (un bolso que me habían encargado) me dejaron meterme en su ordenador (en chino) navegar por Internet y localizarlo para que ellas lo encargaran (en el mercado de la seda los vendedores son prácticamente todo mujeres). Compramos bolsos, joyas, nos recomendó una relojería y nos encamino a la zapatería. Con eso ella cumplió con su labor de guía y nos dejo a nuestra suerte para que siguiéramos gastando dineros con las chinas, advirtiéndonos que esa noche teníamos una cena especial.

Cuando regresamos a casa, descubrimos que la cena “especial” era por que habían quedado con más españoles que Vivian en la ciudad, finalmente fuimos unas 25 personas cenando en lo que ellos conocían como “los pinchitos” un sitio que parecía como el más cochambroso chiringuito de la ciudad (chiringuito, por que estábamos en la terraza en las clásicas sillas de plástico de terraza, aunque sin atreverse nadie a entrar dentro de los asqueroso del lugar, ni siquiera cuando comenzó a llover)El lugar era conocido como el pinchitos, ya que allí lo normal era comer pinchos, de alitas de pollo, de cordero (clásicas brochetas o pinchos morunos) incluso pinchos de un exquisito pan, todo ello regado con cerveza. La verdad es que fue una cena rica y divertida, incluso entonces nos tranquilizaron algunos de nuestros acompañantes, al garantizar la calidad de los alimentos, contra lo que podíamos pensar de que fuera rata o perro, ellos nos aclararon que la rata y el perro son mas caros que el pollo y el cordero, por lo tanto manjares, por lo que allí no se suele dar eso del gato por liebre, ya que salen perdiendo económicamente. Tras la experiencia de la cena (4€ por hombre, que éramos como 11 de los 25 comensales, las mujeres no pagaron) fuimos de fiesta.

Al fin una noche de fiesta “típica” en Pekín. Nos llevaron a una discoteca que se llamaba The World of Shushie Wong o algo por el estilo (tal vez esté mal deletreado, pero ese es el sonido). Allí estuvimos de copas en una discoteca llena de occidentales, chinas guapísimas y música occidental, así que lo de típica era más bien por que es lo tradicional para los occidentales, pero no para los residentes allí. Yo por mi parte lo pasé genial, bebí un montón, y después tuve una profunda conversación con Antonio al llegar al apartamento. No la recuerdo entera, pero si que saque algunas ideas, solo con los recuerdos. Para mí un día magnifico, preludio de un gran fin de semana.

Cita:”Se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás” William Faulkner