Salí de trabajar y me fui al hotel, bueno, siendo sinceros terminé de trabajar a las 15 horas, aunque a esa hora en vez de irme al hotel o algo así me quedé a comer con los clientes, después del tercer día de curso, nos estábamos empezando a coger aprecio, y siempre es mejor comer con alguien simpático y agradable que en solitario. Así que realmente al hotel no llegué hasta las 17 horas, ya que con la comida, sobremesa y el viaje al hotel, pues hasta ese momento no llegué. Tenía un poco de sueño, pero aún así no llegué a acostarme, encendí el ordenador y estuve hablando con algún amigo por Internet mientras me planteaba si el plan para la tarde sería quedarme tirado en la cama del hotel.

De repente a las 18:30, casi sobresaltándome a mi mismo decidí que no era cosa de quedarme eternamente en esa habitación, salí a dar una vuelta, con la intención de meterme en el centro comercial en el que se encuentra el hotel, para tomar una cañita mientras hacía tiempo hasta que empezase el próximo paso de Red de Mentiras en el cine. Pero según me encaminaba hacía el cine decidí que por que no alargaba la vuelta, total tenía cosa de una hora hasta el comienzo de la película, y así me daba un poco el aire fresco, por lo que regresé a la habitación a coger una cazadorilla fina que había traído. Inservible ya en Madrid, pero suficiente para una agradable noche otoñal en Málaga.

Mientras iba alargando el paseo cambie de idea, y cada vez tenía más claro que no regresaría a tiempo de ver la película al centro comercial. Total ya habría más pases, ese mismo día o al día siguiente. Caminando, caminando me fui acercando al centro de la ciudad, la calle Larios, y zonas de sus alrededores, como el pasaje de Chinitas y distintas calles y callejones que a esas horas del final de la tarde bullían de vida.

Caminando por la calle, sobre todo si vas con decisión, pero mirando el paisaje, se ven muchas cosas y se camina alegre y tranquilo. Me encanta disfrutar de un paseo despacito, pero si voy solo suelo apretar un poco más el paso, sentir la brisa sobre mi cara y mirar y apreciar todo lo que pueda. Aproximándome a la calle Larios pasé por delante de la casa del Guardia, o algo por el estilo. Un bar que según me confirmaron al día siguiente tiene fama de ser el bar más antiguo de Málaga. Por algo me llamo la atención, su ambiente, las barricas de vino, el estilo, todo en él lo hacían tener ese aire de local clásico. Tan solo pasar por la puerta te hacía sentir que ahí habían pasado muchas cosas.

En ese momento decidí comenzar a ver, sentir la ciudad. No es algo que haga muchas veces, probablemente por que el estado de animo ha de ser el adecuado, no es algo que se pueda elegir, tu puedes elegir pasear, pero no tener sensaciones, eso llega, te atrapa, te lleva en volandas por la ciudad y te permite apreciar cosas diferentes a tu anterior visita por el mismo sitio. La casa del Guardia estaba muy llena y me decidí a buscar un bar con algo de ambiente, pero donde una persona sola no se sintiera tan agobiada por la cantidad de gente que había en él. Así comencé a recorrer calles, plazas y callejones, mirando dentro de cada local, asomándome a las esquinas disfrutando del paisaje.

De repente, por encima de los muros de la catedral comenzó a aparecer la luna, llena o casi, que iluminaba los tejados con su haz plateado. Jardines, patios, balcones enjaulados aparecían en las callejuelas, un sin fin de olores que embriagaban, gente buscando, disfrutando, artistas callejeros, policías jugando con un niño al que paseaba su madre en el cochecito. Ese ambiente de ciudad, pero al mismo tiempo sitio íntimo, pequeño. El camarero que se asoma a echar un cigarrillo a la puerta del local donde una pareja le saluda al pasar. Las cafeterías de meriendas, bollerías y locales de tarde comienzan a cerrar, pero entonces los restaurantes y taparías cogen el relevo. La gente siempre tiene algún sitio al que acudir. Gran cantidad de calles peatonales por donde moverte y encontrar tu bar favorito, el libanés, el vegetariano, el de las tapas de autor, pescaito frito malagueño, berenjenas con miel o jamoncito y vino. Amplia variedad donde elegir.

Tras dos horas de deambular y disfrutar de las calles, decidí entrar en un bar a empaparme de ese ambiente. Me decidí por Lamoraga, un bar de tapas ultra modernas, donde podía acompañar un rioja con una suave ensaladilla rusa o un rivera con un flamenquín de setas, hongos y parmesano. En fin, algo exquisito para disfrutar de la tarde otoñal malagueña que me hizo sentirme más vivo y apreciar realmente el viaje que estaba realizando. Será por trabajo, pero eso no quiere decir que no lo pueda disfrutar.

De regreso al hotel, de repente pasando por la puerta de una librería sentí una llamada a gritos desde el interior, desde mi interior que me atraía a comprar un libro para completar esa tarde de sentimientos. Mirando, revisando las estanterías, acabé dándome cuenta de que lo que yo buscaba no era un libro cualquiera, me encontraba admirando la zona de clásicos. Me atraía sobremanera Moby Dick, también presté mucha atención al Ulises de James Joyce, pero me pareció algo demasiado para una noche en la que comenzaba a encontrarme conmigo mismo. Finalmente y apremiado por el cierre de la tienda acabé comprando The Dublinners, un libro de relatos de Joyce, todavía no lo ha abierto, y lo pensaba hacer en el tren, pero he creído que antes quería compartir estas sensaciones, estos profundos sentimientos que he sentido al recorrer y sentir la ciudad, antes de perderlos del todo. Lo cierto es que ansío leerlo, para poder así pasar al siguiente. Hoy comenzaré.

Cita:”Faltan palabras a la lengua para los sentimientos del alma.” Fray Luis de León